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El creador Juan Ripollés expone sus últimas creaciones en nueva galería del COAG de Vigo.
Mar Mato, Faro de Vigo.
A sus 77 años de edad, Ripollés confiesa sentir la curiosidad “del niño”, la misma que le impulsa a “destripar, transformar las cosas”. “A mí, explica, me dan una camisa y lo que se me ocurre es cortarla, coserla de otra forma, pintarla”. En la modificación de los colores originales, emplea la misma pintura que utiliza para sus cuadros. Una muestra de su última creación –en la que también se incluyen esculturas limpias y coloreadas– se expone la galería Art next, que abre en los bajos de la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia (COAG) en Vigo, Doctor Cadaval, 5.
A primera hora de la tarde, Ripollés y el personal de la galería se afanaban en desembalar obra por obra. En el exterior del local, una furgoneta blanca en la que el autor ha cruzado media España desde su masía hasta la ciudad olívica. En ella, porta sus obras, sus ropas y los utensilios para vivir unos días fuera de casa, incluido un colchón y mantas.
Ripollés aparece con sus tradicionales “cuernecillos”. En esta ocasión, de color verde. Al preguntarle por ellos, explica que “como trabajo al sol, porque vivo en el Mediterráneo, se me hacían pupas en la cabeza. El médico me dijo o te tapas la cabeza o tienes cáncer de piel. Me la tapé pero no me la quería tapar como se la tapan los demás. Cogí un pañuelo y como no sabía qué parte era el derecho y cuál el revés, pensé en estos cuernecillos. Después de 40 años, el gorrito se ha convertido en un órgano mío. Si me piden que me lo quite, es como si me quitaran los pantalones. No puede ser”.
Tras esta reflexión, el contraataque dialéctico está servido al recordarle que suele pintar desnudo. “Sí, pinto desnudo pero cuando el tiempo me lo permite. Me gusta sentir la naturaleza y como no me ve nadie”, explica.
Ripollés es, ante todo, color, filosofía de vida y un toque de extravagancia aunque él asegura que no le gusta “llamar la atención”.
Este creador, que resta importancia a casi todo, podría ufanarse por haber sido uno de los dos artistas (el otro es Fernando Botero) a los que la ciudad de Venecia ha permitido exponer sus esculturas al aire libre. Sin embargo, se muestra ajeno a todo, a todo excepto al compromiso vital de no traicionar su forma de ser. “El problema nace cuando uno quiere ser lo que no es. Ese es el error”, advierte. El maestro reconoce que ha “cambiado mucho” pero no sabe “en qué”. Para los alquimistas de la vida, lanza otros mensajes como “la libertad la tiene que sentir uno mismo” o “yo nunca he tenido fracasos. Donde los demás dicen fracaso, yo digo experiencias”.