I.M.L., Diario de Burgos.
El 29 de diciembre de hace 75 años se apagaron por primera vez las luces del patio de butacas del Teatro Cine Aranda, que quedó tenuemente iluminado por la primera película que se proyectó en esta sala, Los que danzan. Era el nacimiento del segundo cine que se abría en la capital ribereña. Un edificio que ha albergado mucho arte escénico entre sus paredes y que, ahora, sólo cobra vida cada martes con las sesiones de Cine Club Duero.
En los albores de la década de los años 30 del siglo pasado, los arandinos Joaquín Valdazo Viyuela, Andrés Miguel Marín y Eugenio Romera Hontoria se lanzaron a la aventura de edificar un inmueble nuevo para albergar la segunda sala cinematográfica de la capital ribereña. Para ello, le encargaron el proyecto al arquitecto Alfonso Fungairiño, empezando la construcción el 14 de junio de 1933 en el paraje conocido como Las Traseras, en la orilla del río Duero.
Edificio singular
La elección de este arquitecto madrileño supuso contar con uno de los más avanzados diseñadores de inmuebles del momento. Este Calatrava de la primera mitad del siglo pasado realizó en Aranda el segundo edificio que se construía en toda España íntegramente con hormigón armado y hierro, lo que le hace estar protegido como Edificio Singular, impidiendo que se realice ninguna reforma en su estructura exterior y, mucho menos, que se derribe.
De este tipo de construcción, el arquitecto también realizó la Estación del Norte o de Príncipe Pío de Madrid, la Estación de Abando de Bilbao, la Facultad de Medicina de Valencia y, con anterioridad a todos, el Edificio TASA de Gandía, aunque el proyecto arandino es de estilo racionalista.
Forma de barco
Con el paso del tiempo, el diseño inicial de Fungairiño sufrió modificaciones que le restaron al edificio su aspecto primigenio. Al estar ubicado en la orilla del río Duero, su autor lo ideó como un barco varado en la tierra. De ahí que el edificio estuviese sostenido por columnas de hormigón con una altura de seis metros, empotradas en la cimentación, que permitían perfectamente el paso de las aguas en el caso de que se produjese una crecida de las aguas del Duero.
Hoy en día, esa columnata está cerrada con un muro ya que los árboles de la ribera y las obras para encauzar el río evitan las grandes inundaciones que se producían antes. «Lo cerraron para evitar el foco de suciedad que había debajo, porque la gente lo utilizaba para hacer lo que no debía al ser un sitio sin iluminar», añade Paco Blázquez, nieto de uno de los promotores de este cine, Andrés Miguel.
Aunque la primera proyección fuese el 29 de diciembre de 1934, la inauguración oficial se realizó el 17 de enero de 1935 con el estreno de la obra de Pedro Muñoz Seca El refugio, interpretada por el Cuadro Artístico de Aranda, dirigida por Alejandro de la Higuera y con reparto netamente local. Antes de la representación y en los entreactos, Celerino Zapatero y la banda municipal interpretaron varias piezas musicales. Esta función fue a beneficio del asilo de ancianos y la recaudación íntegra fue de 1.000 pesetas, de la que no hubo que restar los sueldos ya que los artistas y empleados no cobraron nada y las entradas fueron desde los 75 céntimos de peseta del anfiteatro y 2,75 pesetas de las butacas del patio, las más caras.
El edificio se concibió para acoger proyecciones cinematográficas y representaciones teatrales o de zarzuela. El aforo, que no ha cambiado mucho desde sus inicios, era de 964 localidades, divididas en 564 butacas de patio, 268 de principal, 62 sillones acolchados y 14 palcos, cada uno con cinco sillas. Entre las modificaciones que sufrió su estructura, destaca la realizada en el techo, que se bajó para reducir en gasto en calefacción para calentar el auditorio, sacrificándose una de las pinturas realizadas sobre la bambalina del escenario, obra junto con el escudo de Aranda de Alejandro de la Higuera.
Entre todos los datos que ha recopilado Paco Blázquez sobre este edificio histórico, que la población bautizó como ‘el cine de abajo’ al encontrarse más al sur que la otra sala existente, hay multitud de curiosidades. Por ejemplo, que sus sesiones eran los lunes, jueves, sábados y domingos, para, en 1951, iniciar las sesiones juveniles a las 16 horas. «El padre de Paco era muy severo y obligaba a los chicos a barrer las cáscaras de pipas antes de salir del cine», recuerda Javier Cobo, presidente de Cine Club Duero e hijo de José Cobo, uno de los tramoyistas del cine.
Durante la guerra civil, en agosto y septiembre de 1936, las proyecciones se vieron interrumpidas cuando las tropas militares requisaron el edificio para usarlo de alojamiento. La publicidad de las películas se hacía repartiendo programas de mano y afiches, en un gran cartel metálico en la calle La Miel (foto) y con una cartelera que se colocaba en la plaza Mayor.
