Quintín Racionero estuvo dos horas hablando y cuando digo hablando digo que usó la palabra con sentido, con precisión , en la Universidad Europea de Madrid. Habló de los ojos de extrañeza con los que se mira al filósofo en nuestra época, por eso propuso con ironía que a los filósofos hoy se les debe meter en jaulas para que los contemple el futuro que viene. No llegó a leer los papeles que llevaba consigo y dejó bien claro , desde un principio, que la postmodernidad es ante todo un giro cultural; por tanto se negó en redondo a hablar de una arquitectura postmoderna y de una filosofía postmoderna, de un estilo postmoderno con rasgos diferenciadores. Racionero criticó a la arquitectura que nos lleva a vivir como conejos , en espacios repetidos que no dan opción al cambio de hábitos desde la decisión individual; con unas habitaciones donde la cama sólo se puede situar en una sola orientación y los sillones en mismo sentido, y los muebles se asientan de la misma manera que los del vecino sin la exclusividad que supone la decisión personal. El hombre tiene unas necesidades y unos deseos que no deben perder de vista arquitectos y políticos. Quintín Racionero dice que hoy más que nunca convienen los comportamientos sinceros en política, conductas ajustadas de donde se esperan unos resultados; unas conductas que nos defiendan de la cultura de la banalidad, donde habita el lenguaje manipulado de los signos externos que sellan las ropas de marca y el Ipod de última hora.