Muchas veces, el día a día, no nos deja disfrutar de todos aquellos detalles que nos rodean. Aquellos pequeños detalles que hacen que lo insignificante se convierta en determinante.
Hay que pararse a observar para poder apreciar todo aquello que a simple vista resulta inapreciable, porque a veces, sucede que las cosas no siempre son lo que parecen.
Uno de estos pequeños detalles que nos son familiares en el paisaje urbano y que por su cotidianidad nos desaparecen a la vista son los balcones, elementos que ahora más que nunca, parecen a priori en desuso.
Es interesante descubrir y fijarse en los balcones, observar como son y que función cumplen en su uso diario, y reflexionar si realmente sirven para algo.
Existen muchos y de muchas clases; algunos son amplios y soleados, otros pequeños, angostos y sombríos, hay otros, que son más artísticos, con barandillas modernistas de hierro forjado trabajados hasta la saciedad, pero la gran mayoría son austeros, modestos, y solo intentan ceñirse a las exigencias de la normativa vigente.
En general, los balcones se suelen utilizar para resolver compositivamente el conjunto de la fachada y no acostumbran a prestar atención a las necesidades de los usuarios, volviéndose simples elementos inservibles adosados a las fachadas. Espacios sin uso aparente y casi siempre sin ningún valor arquitectónico destacable. Pero eso sí, con un gran reclamo para la venta, formando parte de la larga lista de adjetivos, muchas veces indescifrables que ensalzan las fotografías de las revistas inmobiliarias.
Pero de vez en cuando, y en muy contadas ocasiones, este elemento banalizado por unos y ensalzado por otros, transforma esos ridículos metros cuadrados destinados a la bombona de butano, en un espacio mágico, casi improyectable, donde con un pequeño detalle, como un tiesto con cuatro hierbajos, o hasta una anarquía formal repleta de plantas de toda clase de tamaños y colores, se transforma de manera trasgresora en un jardín. En estas contadas ocasiones, pues deberían proliferar hasta la saciedad, se establece una relación de naturaleza concentrada en la artificialidad. Algo que en mayor o menor grado resulta de vital importancia y necesidad en la ciudad.
El valor de los balcones con jardines colgantes se esconden en las calles y que amabilizan la ciudad.