Javier Domínguez Rodrigo, Las Provincias.
Construido por uno de nuestros grandes arquitectos modernistas, Francisco Mora Berenguer, el Mercado de Colón considerado como un símbolo del reformismo higiénico-sanitario y del progreso técnico y cultural fue calurosamente acogido por la sociedad valenciana de la época, convirtiéndose enseguida en el mercado por excelencia de la burguesía local.
Su proyecto -1913- se inscribía con medio siglo de retraso en relación a otras ciudades, en la tradición funcional de los grandes mercados públicos europeos (La Magdalena de París -1824-, la Lonja de pescado de Hungerford en Londres -1835-...) y de la arquitectura del hierro, de la que la Galerie des Machines de la exposición de París (1889) sería la obra más emblemática.
Finalizado en apenas tres años (1916), pese a que su realización no estaba prevista en los primitivos planos de Ensanche, su inauguración se adelantaría en más de una década al gran mercado de la ciudad, el Central. Este impulsado en 1884 por el barón de Alcahali no lograría un proyecto definitivo hasta 1914, si bien sus autores Soler y Guardia, del taller de Doménech i Montaner, cesarían por desacuerdo, de la dirección de las obras que culminaría en 1928 el arquitecto municipal Enrique Viedma.
Mora, que conocía perfectamente los múltiples avatares que retrasaban una y otra vez la construcción del Central y que además había visto cómo su propuesta de tipo neomudéjar había sido desechada en el último concurso, apostaría para su Mercado de Colón por un diseño claramente modernista, en el que se haría patente la influencia de Doménech y sobre todo de su amigo Antoni Gaudí.
El mercado consta de dos ámbitos bien diferenciados: una gran plataforma de piedra suavemente elevada define una planta de corte basilical cubierta por tres naves y dos imponentes marquesinas, resueltas mediante una estructura metálica aporticada. En torno al conjunto Mora proyecta una cinta libre perimetral que se aísla del espacio urbano adyacente mediante una verja calada de exquisito diseño de forja sobre un basamento pétreo.
Mora supo captar a la perfección el gusto de un pueblo orgulloso de sus costumbres y de su huerta y compuso dos soberbias seudofachadas en los testeros en los que se concentra una decoración exuberante, genuinamente representativa de nuestra arquitectura historicista regional.
El cuerpo principal, recayente a Jorge Juan, lo conforma un gran arco peraltado de medio punto que ofrece una variada y rica policromía, merced al contraste entre los materiales (piedra, ladrillo, azulejos) y, sobre todo, al uso de componentes cerámicos y de mosaicos. Realizados con piezas de cristales importados de la casa Maumejean, que se introduce por primera vez en Valencia, Mora nos deleita con representaciones alegóricas de temas huertanos.
Y es que la materialidad de este cuerpo resulta exquisita, percibiéndose en profusión de detalles que corroboran que en su construcción se dieron cita los mejores industriales y artesanos de la época: mosaicos de Noya, bóvedas de trencadís, bronces de Moreno, carpinterías de Marco y Ballés
El testero posterior a Conde Salvatierra muestra un magnífico arco parabólico de ladrillo, cerrado por una imponente vidriera que se extiende más allá del tímpano, conformando una marquesina curvilínea.
Pero sin duda, lo mejor del edificio es la riqueza técnica y espacial de sus naves, que debe mucho a la intervención del arquitecto Demetrio Ribes, por parte del contratista adjudicatario Ramón Ferrer.
Ribes modificó la cubierta del proyecto original, adoptando un sistema de mariposa, mucho más ligero, e inspirado en el que Charles Fowler utilizara en Hungerford. De este modo, la base estructural de las naves consistía en un pórtico central a dos aguas biempotrado en grandes columnas de fundición con una luz de veinte metros y dos pórticos de diez metros con sendos dinteles hacia el exterior formados por dos vigas Warren de inercia variable unidas en su clave por la correa cumbrera y por vigas triangulares del tipo Pratt en el resto.
La retícula se completaba con una seriación de arcos apuntados conformados por perfiles laminados y una pieza longitudinal de claraboya tipo eclipse. Todo ello, hacía del mercado una auténtica joya de la arquitectura del hierro, cuya excepcional riqueza constructiva e iconográfica justificaría su catalogación como monumento histórico-artístico.
Sin embargo, su pequeño tamaño y su falta de especialización comercial -incluso los ligeros puestos proyectados por Mora obedecían al tipo de mercat envelat- hizo que pronto (1980) se insistiera en lo obsoleto de sus instalaciones y en la problemática que su cada vez más congestionado emplazamiento suponía para su abastecimiento.
Tras numerosas vicisitudes y tras desecharse diferentes propuestas entre las que cabe destacar las de los arquitectos Javier Sáenz de Oiza y José Mª Tomás Llavador, a finales de los noventa, se acometería una radical reforma inspirada en el Covent Garden londinense (aparcamiento, galería comercial...).
Con ello se desaprovechó la oportunidad de haber realizado una intervención que hubiera puesto más en valor no sólo la indiscutible singularidad arquitectónica del inmueble, sino también sus valores de uso simbólicos y colectivos, recuperando tan emblemático edificio como singular equipamiento socio-cultural (plaza pública, museo, escuela-taller) en consonancia con las actuaciones de otras grandes ciudades europeas y españolas.
