Ramón Loureiro, la Voz de Galicia.
Todo es cuestión de levantar la cabeza. Lo decía, eso también, Bernardo, tan recordado siempre y a quien es necesario citar de nuevo. Bernardo Castelo Álvarez, un historiador lleno de talento. Y lo decía, él, paseando por el barrio de A Magdalena. Por la calle Real, en concreto, en aquel momento. La pasión por las cosas bellas, aliento de una vida que por desgracia acabó prematuramente, le había enseñado a mirar con vocación de hacerlo. Con voluntad de ver, para que se entienda. Eso le permitía comprender, antes que otros, que los tesoros, con frecuencia, no están tan lejos. Y animaba a mirarlos, esos mismos tesoros (la arquitectura de Rodolfo Ucha Piñeiro, especialmente, pero en general todo el modernismo en sus diferentes etapas, también en sus más hermosos epígonos), sin complejos. Es decir, sin olvidar que por muy bella que sea la catedral de Nuestra Señora de París, que en efecto lo es, tanto en sus facturas originales como en las tardías intervenciones de Viollet le Duc, que la restauró a mediados del XIX -tenía Bernardo, por cierto, en su casa, un precioso fragmento procedente de lo que había sido, hasta que rompió y también debió ser rehabilitada, una de las vidrieras de Notre Dame, pero esa es historia que habrá de quedar para otro momento-, también Ferrol guarda dentro de sí más de lo que han querido hacernos creer a veces. Al Modernismo y a Rodolfo Ucha -permítasenos repetirnos ya desde la segunda columna- los ponía como ejemplo constantemente. Subrayando, claro, que para apreciar la arquitectura, lo primero es no caminar con la vista en el suelo.
(¡Cuánta razón tenía...! Mayormente, en lo que al barrio de La Magdalena respecta, porque lo mejor que en ella hay brilla, buscando la luz que nunca sobra en las ciudades atlánticas, a los ojos del firmamento.)
No fue Ucha, también eso es cierto, el único de los grandes arquitectos que alzaron ese prodigio. Pero sí el más representativo de lo que hoy se conserva, creo que ustedes también coincidiran en eso. Fíjense, pongamos por caso (y con este ejemplo no nos remitimos al barrio de A Magdalena, sino al Mercado de Abastos), en el edificio de la Pescadería, construido en 1910, con dos fachadas de una geometría y un equilibrio que sorprenden. O en la Casa Pereira, edificada un par de años más tarde en la calle Dolores, esa sí en A Magdalena, con esa fachada en la que los miradores y las ventanas también son ojos que buscan lo mejor del cielo en una ciudad con cierta tendencia a que llueva. Bastante cerca, concretamente en la calle Rubalcava, haciendo esquina con la de la Almendra, está la Casa Rodríguez Fernández, del mismo año que la anterior, con sus balcones afiligranados de hierro de forja. Y en la calle Imeldo Corrar, frente al Parque Reina Sofía, la Casa Antón, cuya existencia es todos los días un acontecimiento, porque parece sacada de un sueño; se alzó, ésta, en el año 1918, y más que arquitectura aparenta ser literatura, es como si dentro de ella todos los días se escribiesen novelas. El tiempo le ha dado un destino especialente noble: hoy alberga un colegio.
Para los viajeros
La Fonda Suiza, hoy hotel, es del año 1909. También ella está llena de literatura. Torrente conocía bien el edificio; López-Ramón tuvo durante años, en el café que hoy conserva, una tertulia; y Antonio Tabucchi, que se alojó allí, también elogiaba su belleza. Como Miguel García-Posada, por cierto.
No puede dejar de mencionarse, tampoco, claro está, si de Ucha se habla, la Casa Romero, de 1909. Desde la que se ven el Arsenal, el Jofre, la Victoria de Asorey, la concatedral de San Julián y el edificio de Correos. Es una de las obras maestras del arquitecto. Digna de ser contemplada durante una tarde entera... por lo menos.
