El arquitecto gijonés Diego Cabezudo, sostiene que una ciudad compacta ahorra energía y no entiende la dispersión cuando muchas urbes, entre ellas Gijón, crecen en superficie sin aumentar población
Cuca Alonso, lne.es.
La conferencia celebrada por iniciativa de la Asociación Cultural «Escalerona de San Lorenzo» tenía, a priori, un doble interés. El primero se asentaba en el tema propuesto y su informador, y el segundo iba a brindarnos oportunidad de conocer al nuevo presidente de la asociación, el abogado José Rivero, que sucedía en el cargo al doctor Prado de Almeida.
Mucho público en el salón de actos de la Biblioteca Pública, «Bio-urbanismo» como enunciado de la charla, y el responsable del desarrollo de ésta, el arquitecto Diego Cabezudo. Aunque de todos conocido, José Rivero hizo su presentación. Licenciado en Arquitectura por la Escuela Superior de Barcelona, es un técnico considerado de vanguardia, siempre atento a los últimos avances de las ciencias aplicadas, ha sido el primero en servirse de los beneficios de la innovación en aras de una superior funcionalidad de los intereses reunidos, es decir, seguridad, economía y calidad de vida, conceptos siempre adscritos a unos valores estéticos irrenunciables. En consecuencia, Diego Cabezudo está en posesión de numerosos premios de arquitectura y ha ganado varios concursos en el ámbito nacional, como el promovido para los quioscos de la ONCE o las cabinas de Telecable.
El proyecto de acompañar la charla de imágenes no fue posible porque faltaba el cañón. Se esperó por él, pero quizá se había perdido en la guerra de Gila; servidora hace este comentario porque su única idea de cañón se relaciona con un arma bélica, aunque es posible que tenga algo que ver con un proyector o cosa parecida.
Diego Cabezudo hubo de renunciar al cañón, pero con la palabra se bastó y sobró para hacer una lúcida exposición del biourbanismo. Éste se refiere a la deconstrucción de la naturaleza relacionada con el crecimiento urbano. En tal línea hay que considerar que a principios del siglo XX sólo el 10 por ciento de la población vivía en las ciudades; en la actualidad, nos acercamos a un 75 por ciento, lo que produce cifras muy considerables de contaminación.
Hay un indicador, denominado «huella ecológica», que describe la cantidad de superficie que se necesita para sostener al hombre de la ciudad. En dicha superficie se agrupan los terrenos agrícolas, los bosques como productores de madera, los saltos de agua... Un norteamericano necesita 10 hectáreas para satisfacer sus necesidades; a un etíope le bastan 0,7 hectáreas, pero el término medio a escala mundial se establece en 2,3 hectáreas por habitante.
Estas fórmulas presentan un problema de sostenibilidad, es decir, debe procurarse un consumo que pueda ser generado por nuestro planeta y que se centra en los factores de aire, agua, energía y suelo. Aire de buena calidad, no el que se respira en las ciudades, que llega a contener un 80 por ciento de CO2. «Es preciso reducir sus fuentes, regenerar el aire mediante zonas verdes».
El agua es otro asunto, tanto en lo que refiere al agua potable como a las aguas negras. La potable se obtiene por medios naturales, pero estamos asfaltando el planeta, el agua de la lluvia no se filtra, desaparecen las corrientes subterráneas. «Hay que dejar que las aguas sigan su ciclo». Las grises o negras se definen por su procedencia de cocina o inodoro; las primeras son de fácil reutilización.
Respecto a la energía generada, el 45 por ciento se usa para calentar, enfriar o iluminar; el resto, absorbido por el transporte o la industria, produce más CO2. Un mundo sin coches sería lo ideal, pero... En cuanto al suelo, Diego Cabezudo sostiene que una ciudad compacta ahorra energía y no entiende la dispersión cuando muchas ciudades, entre ellas Gijón, crecen en su superficie sin que aumente su población.