El gran despegue del siglo XVII posibilitó el crecimiento y desarrollo de Cádiz. Fue entonces cuando se fundó la mayoría de conventos y las casas de cargadores a Indias.
Lorenzo y Juan Alonso de la Sierra, la Voz Digital.
Iniciamos hoy una serie de artículos a través de los cuales pretendemos acercarnos a la imagen que Cádiz podría ofrecer en la época de las Cortes. ¿Cómo era entonces? ¿Ha cambiado tanto su aspecto que cualquier visitante o gaditano de la época sería incapaz de reconocerla en nuestros días o, por el contrario, es fácilmente identificable a pesar de las sucesivas transformaciones de los dos últimos siglos?
Cualquier viajero que llegase a la ciudad a comienzos del siglo XIX podría extraer de su visita la impresión de encontrarse en un ambiente urbano consolidado, moderno y cosmopolita. El porte de los edificios y la limpieza de las calles, bien pavimentadas y dotadas de un sistema de alcantarillado poco común en el momento, indicaban que sus habitantes vivían con holgura y se preocupaban por lograr el confort y por estar al día de modas y usos. En aquél entonces eran numerosos los edificios, tanto públicos como privados, que habían sido recientemente construidos o remodelados bajo las directrices estéticas impulsadas por la Ilustración y las Academias. Pero otra realidad más cruda subyacía bajo esta fachada de opulencia. La floreciente actividad comercial había iniciado un declive irreversible tras la primera guerra con Inglaterra, el desastre de Trafalgar y finalmente la Guerra de la Independencia. Además, una serie de brotes epidémicos de fiebre amarilla diezmaban a la población desde 1800. Ya no se volverá a recobrar el pasado esplendor, aunque los diputados que elaboraron la Constitución de 1812, encontraron en este ambiente social y cultural un inmejorable entorno para dar forma a su proyecto.
Los orígenes de la estructura urbana del Cádiz moderno son posteriores a la destrucción provocada por el asalto anglo-holandés de 1596. A partir de entonces se impulsaron los proyectos de fortificación y desde la segunda mitad el siglo XVII, cuando se inicia un gran despegue económico, comenzó a perfilarse un nuevo trazado urbano, que mediante el acordelado previo intentó racionalizar un crecimiento cada vez más intenso. A lo largo del siglo XVII se fundó la mayoría de los conventos y en las últimas décadas del siglo se perfilan los elementos característicos de la arquitectura doméstica, en concreto las casas de cargadores a Indias, con sus peculiares torres miradores. La etapa barroca del siglo XVIII está protagonizada por la construcción de la nueva Catedral, comenzada al poco tiempo de haberse trasladado a Cádiz la Casa de Contratación y Consulado de Indias. Hacia mediados de la centuria, la arquitectura civil muestra la plenitud de las formas barrocas con un lenguaje consolidado en el que confluyen corrientes foráneas adaptadas y reinterpretadas a la realidad local. El resultado de este proceso fue la configuración de un conjunto urbano netamente barroco envuelto en un potente cinturón de murallas que delimitaban el perímetro urbano, ceñido en su mayor parte por el mar.
La llegada de la Ilustración supuso un punto de inflexión definitiva que, no sin notable resistencia, acabó erradicando los recursos estéticos tradicionales. En Cádiz, la Academia de Nobles Artes, creada en 1789, fue el autentico punto de partida de esa renovación, apoyada por la existencia de una élite culta afín a sus principios. La burguesía mercantil gaditana aceptaba con bastante facilidad las novedades, por lo que el proceso de cambio acabó encontrando en ella buena acogida, a pesar de los recelos iniciales. El primer director de arquitectura de la Academia, Pedro Ángel Albisu y su teniente Torcuato Benjumeda, son figuras clave en la definitiva adaptación de la ciudad a la nueva estética. Hay que destacar también la personalidad de Miguel de Olivares y del marqués de Ureña, erudito ilustrado cuyo prestigio debió tener un gran peso sobre autoridades y particulares a la hora de llevar a cabo muchas de las empresas arquitectónicas. El resultado del cambio definitivo de actitud fue la profunda renovación que la fisonomía de la ciudad experimentó en torno al cambio de siglo. Muchos edificios civiles y religiosos fueron adaptados a los nuevos gustos, otros se levantaron de nueva planta, adquiriendo gran protagonismo los de carácter público.
Nuevas ordenanzas
La intensa expansión que había experimentado la ciudad durante el período barroco no permitió acometer grandes proyectos urbanísticos, aún así se realizaron muchos trabajos de saneamiento y mejora urbana y algunas reformas puntuales, pero la actuación más importante es este campo fue la construcción del nuevo barrio de San Carlos. Todo el espíritu renovador que se va fraguando durante las últimas décadas del siglo XVIII alcanza su mejor plasmación en las nuevas ordenanzas municipales, cuya redacción definitiva tuvo lugar en 1792, siendo aprobadas, con algunas correcciones, por Real Orden cinco años más tarde. Son minuciosas, estructuradas en 12 apartados y suponen el fin definitivo de las reminiscencias barrocas en la arquitectura local. Desde entonces, cualquier empresa arquitectónica estaría sometida a un control oficial que se ocupaba de aspectos estrictamente urbanísticos, como pueden ser los límites de altura o el aspecto exterior, procurando que imperase la racionalidad clasicista en proporciones y elementos decorativos.
Este proceso configuró el Cádiz protagonista de los acontecimientos generadores de la Constitución de 1812 y, aunque los años que le separan de nuestros días han traído consigo algunos cambios y nuevas aportaciones, el casco histórico actual conserva casi en su integridad el extraordinario conjunto urbano y buena parte de las edificaciones que fueron testigos de un acontecimiento histórico tan destacado. Afortunadamente, cuando nos adentremos en los pormenores, comprobaremos cómo la ciudad de hoy sigue siendo un referente excepcional de aquellos tiempos en los que Cádiz protagonizó el inicio de la renovación política y social de nuestro país, abriendo las puertas a su incorporación en el mundo contemporáneo.