La Exposición Regional Valenciana fue posible gracias al empuje de una nueva generación de profesionales.
F.P.Puche, Las Provincias.
Entre los años 1908 y 1909, un hecho espectacular se hizo posible en una ciudad con ansias de cambio: la Exposición Regional Valenciana. En trece meses, no menos de una docena de grandes pabellones y edificios se hicieron realidad en terrenos de huerta alquilados por Tomás Trenor y su comité ejecutivo. Pero ese milagro sólo fue posible gracias a la fuerza creadora de cinco arquitectos valencianos caracterizados por su juventud y creatividad.
Vicente Rodríguez, Carlos Carbonell, Francisco Mora, Francisco Almenar y Ramón Lucini son los artífices de la solución arquitectónica que, a toda prisa, hubo que dar al colosal desafío impuesto por Tomás Trenor a sus colaboradores: levantar una ciudad en un recinto de 164.000 metros cuadrados. Al fondo, aunque hubo otros varios, estuvo el gran constructor, el contratista por antonomasia de Valencia, Marcos Porta.
Salvo Ramón Lucini, que había nacido en 1852, los arquitectos de la Exposición tienen una característica común: pertenecían a una generación nacida en los años 70 del siglo anterior, que comenzó a irrumpir con fuerza en la profesión con el nuevo siglo. Traían ideas nuevas, habían cursado estudios oficiales, y estaban haciendo realidad, con su biografía, el tránsito que toda la profesión estaba protagonizando en España al cambiar el modelo del siglo XIX por los nuevos, concienzudos conceptos profesionales del siglo XX.
Vicente Rodríguez obtuvo el título de arquitecto en 1905, pero al año siguiente ya construía en Valencia y sentaba plaza de arquitecto de Hacienda. Junto con Carbonell y Almenar, que en 1908 tenía 32 años, reciben el encargo de redactar el plan general de la Exposición. De ellos es la idea de dar el salto a la orilla izquierda del Turia y trasladar a aquellas huertas de Algirós el nuevo polo de desarrollo de la ciudad. De Francisco Mora hay que decir que obtiene el título de Arquitectura en 1898, con 23 años, y que en 1901 ya está trabajando para el Ayuntamiento en la planificación del Ensanche. De sus obras, basta decir que el edificio de la calle de la Paz número 31 (Casa Sagnier) es un detonante modernista que crea escuela y hace cambiar la trayectoria de otros edificios de la misma calle.
Mora y Lucini
«El ojival, y dentro de él los motivos y estructuras característicos de nuestros monumentos, constituyen un manantial para la composición de un edificio que en el actual he procurado sintetizar». Emociona transcribir las palabras manuscritas del propio Francisco Mora en el pliego donde razona su proyecto. Se proyectaba un edificio «para las instalaciones de higiene, enseñanza, policía urbana, laboratorios, archivo, bomberos, etcétera» y se quería que fuera, al mismo tiempo, lugar de recepciones solemnes, como lo fue en 1910. Junto a las intenciones del arquitecto, el expediente municipal guarda todo el proceso de construcción del edificio, desde los planos de cimentación hasta el dibujo de las fachadas. Mora, más allá del neogoticismo de la plaza del Ayuntamiento o la del Mercado, había dibujado el proyecto del futuro edificio municipal, el que ahora conocemos.
La comisión especial de Interior que el Ayuntamiento creó trabajó de firme en 1908 y 1909, para secundar el proyecto nacido del seno del Ateneo Mercantil. Jardines, reformas, pavimentación de calles céntricas, nuevo alumbrado eléctrico, cambios de recorrido de los tranvías, soluciones para la apertura de un puente nuevo sobre el Turia. El Ayuntamiento, estimulado y empujado por Trenor, se movía y estimulaba a su vez a revocar y reparar fachadas mediante la exención de tasas. El Ayuntamiento levantó el Umbráculo. De esa época data un regalo de alto valor para la ciudad: el Ministerio de la Guerra cedió el suelo, de planta triangular, situado entre el paseo de la Ciudadela y Navarro Reverter, el famoso Llano del Remedio, donde estuviera el convento de ese nombre, desamortizado y derruido. La ciudad ajardinó esa zona para la Exposición; pero un siglo después forma parte de la estrategia urbanística de la ciudad.
También hay, en el Archivo Municipal, información generosa sobre el edificio del Asilo de Lactancia. En 1906, el arquitecto Ramón Lucini, que se había formado en Madrid, recibió el encargo de venir a Valencia, ponerse al frente de las obras y estimular la terminación del edificio de Tabacalera. Activó los trabajos y lo consiguió. Y cuando ya tenía "cara", cuando Valencia vio que iba en serio, es cuando Trenor pidió su uso para que fuera palacio de la Industria. El Gobierno accedió; pero lo que iban a ser unos meses se convirtieron en más de dos años. En compensación, Trenor regaló a Tabacalera el Asilo de Lactancia, una guardería para los niños de las cigarreras, que Ramón Lucini convirtió en un dechado de modernidad.