Javier Domínguez Rodrigo, Las Provincias.
Primero de los tres artículos sobre la plaza del Ayuntamiento, espacio único y problemático, por la convivencia de los usos ciudadanos tradicionales con la celebración de las Fallas.
Con tres remodelaciones completas, en apenas un siglo de existencia, este soberbio espacio, sin duda el más monumental, grandilocuente y representativo de la Valencia contemporánea, testimonia inequívocamente la falta de continuidad y de arraigo histórico de la cultura urbanística de nuestra ciudad.
De las ordenaciones anteriores -Parque de Emilio Castelar (1899) y Reforma de Javier Goerlich (1929)-, no queda prácticamente nada.
Sin embargo, la plaza sigue siendo el escenario en que se celebran los más importantes actos públicos de carácter cívico y lúdico de la ciudad (la plaza religiosa sigue siendo la de la Virgen). Y por supuesto, el corazón del exquisito ritual festivo (plantà, cabalgatas, cremà, mascletà...) que la fiesta mayor valenciana -las Fallas- requiere.
El barrio de Sant Francesc debe su nombre al antiguo convento y huerto de Sant Francesc. El 3 de mayo de 1238 el rey Jaime I, acampado en Ruzafa, cedía a los franciscanos los terrenos para construir su convento. En el último tercio del siglo XIV, con la ampliación de las murallas que hiciera Pedro IV el Ceremonioso, el monasterio quedó incluido en el nuevo perímetro defensivo de la ciudad, siendo ampliado y reconstruido (claustros, templo gótico...) por Berenguer de Cadivats.
Ubicado en lo que hoy es la plaza del Ayuntamiento -de la que ocuparía una notable extensión-, en la actualidad es el centro urbano de Valencia. De ahí que la primera denominación del lugar fuera precisamente la de Bajada y luego plaza de San Francisco.
Su configuración es producto de la desamortización eclesiástica y su carácter está profundamente marcado por la impronta de la sociedad burguesa valenciana del período de la Restauración borbónica (1874) que, fundamentalmente agraria, se mostrará a la vez tradicional y reformadora. Así ocurre también en otras muchas plazas mayores españolas: la plaza Mayor de Alcoy está levantada sobre el solar del convento de San Agustín, la plaza Real de Barcelona está construida sobre el convento de los Capuchinos y la plaza Nueva de Sevilla sobre el solar y huerto del convento de San Francisco.
Valencia dejaría así de ser una ciudad conventual, a raíz de las desamortizaciones de la primera mitad del XIX. Sin embargo, el hecho de que una buena parte de los espacios desamortizados fueran a parar al ejército -que padecía el cáncer de las guerras carlistas-, unido a la penuria económica del Ayuntamiento y a la avidez de los terratenientes locales que no vieron sino la oportunidad de materializar importantes operaciones especulativas, hicieron de la exclaustración una gran oportunidad perdida para nuestra ciudad. A lo largo del siglo XIX se produce la expropiación de los jardines y huertos del convento, su conversión -en gran parte- en cuartel de caballería para las tropas constitucionales en 1823, su adjudicación al Estado en 1835 tras el decreto del conde de Almodóvar a petición de la Junta Revolucionaria, que mandó instalar en el cenobio a los lanceros de Numancia, y su definitivo derribo en 1891 (las primeras tapias de sus jardines se habían demolido en 1805) dando lugar a los célebres solars de Sant Francesc.
Por otra parte, el importante crecimiento demográfico -la ciudad pasaría de 106.436 habitantes en 1857 a 213.550 en 1900- exigía no sólo la mejora de equipamientos y servicios (agua potable, alumbrado, gas, tranvías...) sino también la remodelación del casco antiguo y el ensanche definitivo de la ciudad. En 1777, Matías Perelló y el marqués de Mirasol realizaron el primer Proyecto de Ensanche que no llegó a ejecutarse pese a ser aprobado por la corporación municipal. En 1858 se presentó el Plan de los arquitectos Monleón, Sancho y Calvo, que fue el preludio del Plan de 1884, obra de Arnau, Ferreres y Calvo. Aprobado en 1887, sería completado por el Plan de Mora de 1912.
Ante esa disyuntiva, el derribo de las murallas (1865-70) estaba cantado y propiciaría la consolidación de lo que sería el Ensanche noble, cuya ubicación marcaría los nuevos jardines -Glorieta, Parterre- diseñados en los alrededores del Palacio de Aduanas en 1817.
Valencia viviría uno de los períodos urbanísticos más fecundos y renovadores, haciéndose eco de las tesis higienistas y haussmanianas (calle de la Paz, Proyecto de Reforma Interior de Federico Aymami -1912-...), de las teorías de Ildefonso Cerdá (ensanches) y del urbanismo progresista de Howard (ciudad jardín, paseo de Valencia al Mar...).
Desgraciadamente, todos esos ambiciosos proyectos no se realizarían sino mucho más tarde y muy modificados.
