Javier Domínguez Rodrigo, Las Provincias.
El futuro de los solares de San Francisco, como nuevo centro neurálgico de la ciudad, se había venido perfilando a lo largo del XIX. Ya en 1808, sobre lo que había sido la casa dels ballesters del Centenar de la Ploma, se ubica el más importante teatro, el Principal (inaugurado en 1832), que contribuiría decisivamente a que su entorno se poblara de cafés, hoteles, cinematógrafos...
La construcción de la primera Estación de los Ferrocarriles del Norte (1852) -donde hoy se ubica el edificio de la Equitativa- y el traslado del Ayuntamiento en 1854 a la antigua Casa de Enseñanza en la calle Arzobispo Mayoral sentaron las bases de una renovación urbanística sin precedentes.
Fruto de esas expectativas de revalorización del enclave serán el derribo del histórico barrio de Pescadores (1890-1909) -convertido entonces en prostíbulo urbano-, la apertura de las calles de Roger de Lauria y de las Barcas (1888) y, sobre todo, la construcción del nuevo Ayuntamiento que, aunque iniciada en 1906, había comenzado a adquirir el suelo en 1869. La renovación urbana de la calle de las Barcas, como eje financiero de la ciudad, se produciría a partir de la construcción en 1914 de la sede del Banco de España, obra del arquitecto madrileño José Astiz. Le seguirían el Banco Hispano-Americano de Francisco Mora -hoy destruido-, el Banco de Valencia, delirio casticista de los años 40, etc...
Esa colosal operación de vaciado posibilitaba la configuración formal de la plaza por nuevos y lujosos edificios cuyas arquitecturas lucirían monumental y grandilocuentemente los lenguajes y estilos vanguardistas del momento: eclecticismo, clasicismo, art-déco, racionalismo, neobarroco valenciano, casticismo... definiendo así la plaza Mayor de una burguesía ostentosa y eufórica, de una huerta rica como han señalado destacados historiadores.
La formación de la gran plaza parque de Emilio Castelar fue una de las más importantes operaciones urbanísticas y a ella se debe la actual configuración de la avenida Marqués de Sotelo -antes de Amalio Gimeno (abierta en 1915)-, cuya arquitectura luce ese énfasis monumental tan representativo de lo valenciano de principios de siglo. La Estación del Norte (1906-1917), uno de nuestros edificios modernistas (dentro de la Sezession austriaca) más relevantes, constituye su precioso fondo de perspectiva. Obra del arquitecto Demetrio Ribes, su exquisitez refleja la grandeza que otrora tuvo la industria artesanal valenciana (cerámica, forja, mueble...). Vecina de la plaza de toros (1850-60), del arquitecto Sebastián Monleón, ambas conforman uno de los conjuntos arquitectónicos de mayor calidad paisajística de nuestra ciudad.
En cualquier caso, es precisamente ese conjunto de arquitecturas ampulosas y grandilocuentes -con grandes columnas, elementos con fuertes escalas, lenguajes diversos, coronadas por cúpulas y templetes...- el que de verdad forma y define la plaza.
La tipología del Parque de Emilio Castelar es la de plaza Mayor como lugar lúdico, como foro o plaza no sagrada. Las reminiscencias barrocas -como ocurre en otras muchas plazas peninsulares (Algeciras, Cádiz, Barcelona...)- son evidentes y la plaza no se concibe sin su monumento central, estatua u obelisco.
Si el valenciano Tolsá colocaba la magnífica estatua ecuestre de Carlos IV en la capital de la Nueva España -México-, para el epicentro de la plaza Mariano Benlliure erigió (1908) una de sus mejores obras: el monumento en bronce al primer Marqués de Campo, alcalde, benefactor de Valencia y amigo personal del artista. El grandioso conjunto escultórico se completaba con una enorme fuente de piedra. Tras la posterior reforma de la plaza sería trasladado a la Gran Vía Marqués del Turia-plaza Cánovas del Castillo.
La ciudad anhelaba que este espacio se convirtiera en un centro de recreo y de intercambio social, por lo que exigía que el recinto se ennobleciera con las mejores muestras de arquitectura clasicista y ecléctica, que hiciera gala de una exuberante grandilocuencia formal.
Pero el apogeo de los postulados higienistas pedía también que nuestra plaza compitiera con esa tipología de plazas mayores ajardinadas con kiosco de música, consagradas en España en la segunda mitad del XIX y entre las que la plaza Real de Barcelona y la plaza Nueva de Bilbao (a cuyas magnolias Miguel de Unamuno dedicaría un precioso poema) serían los arquetipos más próximos.
De esta forma, el pequeño parterre en que había quedado convertido el último recuerdo del jardín conventual (seco ya el célebre Árbol de la Libertad) y en el que se había instalado el monumento al pintor Ribera, obra también de Benlliure, se incorporaba a la nueva plaza, extraña mezcla del foro ilustrado y del square anglosajón.
A ese gran Parque -ordenado exclusivamente por la fuente-monumento central y en el que abundaban árboles, grandes palmeras, bancos, kioscos...- se trasladarían los floristas valencianos que habían tenido su mercado de flores en la antigua plaza de la Pelota (hoy de Mariano Benlliure). El 6 de junio de 1924 se inauguraron -en presencia de los Reyes de Italia- los exóticos kioscos de flores de gusto oriental, que durante años caracterizarían el lugar.
