Hortensia García, levante-emv.com
"La ciudad se percibe como un proceso continuo en el que la modificación de sus componentes urbanos pronto son asimilados como históricas preexistencias. Todo parece eterno, inmutable, imperecedero". Con esta reflexión arrancaba hace unas semanas el arquitecto y ex presidente del Colegio Territorial de Arquitectos, Francisco Taberner, una conferencia del ciclo Historia de la Ciudad cuyo eje eran los innumerables cambios producidos en la imagen urbana de Valencia. La intención era sacudir las conciencias de los jóvenes estudiantes de arquitectura preocupantemente desinteresados por el pasado histórico de la ciudad pese a ser, junto con los políticos, actores principales de las transformaciones urbanas.
La serie de fotografías de este reportaje muestra la evolución urbana de calles, plazas y rincones representativos de la ciudad como la Alameda, el Mercado de Colón, la calle de la Reina o la dársena "vella" del puerto.
El desarrollo urbano del último siglo y medio presenta luces y sombras claramente apreciables en la calle Colón. La que hoy está considerada la arteria comercial por excelencia de la ciudad fue fruto del derribo en 1864 de la muralla cristiana pero conserva poco de la arquitectura original. Entre los supervivientes está el edificio residencial que hace chaflán con Lauria construido en 1889 por Lucas García. Es probablemente la única referencia de la altura de cornisa que tuvo en sus orígenes la calle. Conserva un mirador de cuatro ventanas, un elemento muy característico de los edificios de finales del XIX que permitía la discreta contemplación de la calle y que está en vías de extinción. La escena urbana de la calle Colón que dominaron edificios notables como la Gota de Leche -institución benéfica y asistencial- o la Intendencia Militar la componen en la actualidad un centenar de tiendas de moda, joyerías, zapaterías y perfumerías. El peso de la actividad comercial dio pie incluso al traslado del convento de Santa Catalina para la construcción de unos conocidos grandes almacenes.
El urbanismo desbocado de los años 30 y 60 del siglo XX dio al traste con cientos de edificios del primer y segundo ensanche que fueron sustituidos por edificios el doble de altos. Las grandes vías de Germanías y Marques del Turia o la calle Pintor Sorolla son un ejemplo. En el entorno del mercado de Colón y la calle Jorge Juan se conservan edificios singulares como la Casa del Dragón (1901) obra de José Manuel Cortina. Este inmueble inspirado en el medievalismo fantástico debe el nombre al monstruo alado que hay esculpido en su fachada.
La construcción de infraestructuras, en especial del metro, también han contribuido y sigue haciéndolo al cambio. La plaza arqueológica de los Pinazo -antes plaza del Picadero- es resultado de las obras de la línea 5 de metro que sacaron a la luz las ruinas de la puerta de la judería.
Hay casos en los que la transformación sufrida supera ampliamente el proceso natural de sustitución de los edificios que van agotando su vida útil y alcanza amplias extensiones de suelo. Este sería el caso de las manzanas del comienzo de la avenida Blasco Ibáñez, históricamente denominada Paseo al Mar. En sus inicios fue una zona residencial de baja densidad con profusión de zonas verdes y arbolado que respondía al modelo de ciudad jardín y donde los compradores podían disfrutar de una calidad ambiental antes reservada a las fincas de recreo.
Las cooperativas de viviendas unifamiliares y chalets poblaron, a partir de 1920, la zona comprendida entre Blasco Ibáñez, los Viveros y la Alameda. Años más tarde, un inopinado cambio del planeamiento que autorizó hasta 10 alturas produjo la venta masiva de las casas, de las que sólo queda un grupo junto a Viveros. El urbanismo desaforado de los años 60 y 70 dio al traste con el romántico entorno creado en torno al palacete de Ripalda, diseñado por Arnau, y del que sólo se ha salvado el jardín de Monforte. El ayuntamiento proyecta ahora el derribo parcial y la ampliación del jardín neoclásico, lo que ha desatado la polémica por parte de expertos, colectivos cívicos y antiguos propietarios que lo consideran una nueva agresión al patrimonio.
La fisonomía de los barrios del Marítimo que en el siglo XIX atrajeron a la burguesía valenciana convirtiéndolos en punto de veraneo también ha sido modificada. Las lujosas casas señoriales y chalets que se levantaron en su momento en la calle Libertad, actual calle la Reina, han desaparecido en su mayor parte. A pesar de los ejemplos de urbanismo anodino y de la degradación que hace mella en el barrio del Cabanyal como consecuencia de la polémica operación urbanística de apertura de Blasco Ibáñez, la calle de la Reina sigue manteniendo el encanto del modernismo popular y los edificios "art noveau". Lo mismo que la dársena interior o dársena "vella" del Puerto de Valencia. Entre la arquitectura efímera de las bases deportivas de los equipos de la Copa del América se encuentran edificios emblemáticos como los tinglados modernistas, los Docks y la arquitectura afrancesada de la Casa del Reloj en contraste con el moderno Veles e Vents.
Entre los grandes aciertos del urbanismo hay que contar la transformación del viejo cauce del Turia en un jardín urbano que da oxígeno a la ciudad. Antiguas y con frecuencia contaminantes industrias han dado paso a edificios icono como la Ciudad de las Ciencias y el Palau de la Música.
