La olvidada complicidad entre la arquitectura y el promotor
Ha llegado la hora de volver a reflexionar sobre una arquitectura que atienda las necesidades reales del consumidor.
David González García para el Mundo.
Cada día nos desayunamos con propuestas desde los organismos públicos para lidiar con la crisis del sector: cambio de calificación de viviendas libres por VPO, aumento provisional de los límites de ingresos mensuales para acceder a estas casas, oferta pública del suelo. Pero, ¿en qué lugar queda la promoción privada de viviendas? ¿Dónde se enmarca la vivienda libre? En una de sus últimas entrevistas el arquitecto Antonio Lamela decía que había que concebir los proyectos «desde su función, buscando la máxima felicidad del ser humano», y que el actual panorama podría ayudar «a humanizarnos».
Estas frases me llevan a pensar que la arquitectura, con toda su complejidad, especialmente en el sector de la vivienda privada, debe hacer una profunda reflexión por parte de todos los sectores que actúan en ella: promotores, técnicos, firmas de materiales de construcción...
En el primer decenio del siglo XXI, clientes y demandantes de viviendas son cada vez más sensibles y tienen mayor acceso a informaciones muy vinculadas con la arquitectura, nuevas distribuciones, soluciones constructivas adaptadas a cada medio físico, empleo de nuevos materiales y aprovechamiento de los sistemas bioclimáticos. Todos estos temas y otros muchos que integran el proceso arquitectónico deberían estimular a los promotores y arquitectos a buscar nuevas soluciones que hiciesen más atractivos los proyectos. La época del «todo vale» ha pasado. Cuántas veces se ha requerido celeridad en los proyectos porque había que sacarlos a la venta como fuese, ya que se solicitaba cantidad de viviendas sin ninguna pretensión más allá del valor especulativo. La mayor preocupación era el tiempo, proyectos sin el más mínimo interés arquitectónico se ponían en marcha; daba igual, todo se vendía.
Ante el nuevo panorama que atemoriza al sector, ha llegado la hora de volver a reflexionar sobre una arquitectura que atienda las necesidades reales del consumidor. En el fondo, no es más que buscar ese valor añadido que haga de cada promoción algo único y diferente, logrando que el comprador se sienta identificado con el producto que adquiere. ¿Por qué la arquitectura pública, tanto residencial como cultural y dotacional, se ha desarrollado de forma notable en España, recibiendo reconocimiento internacional y galardones y, en cambio, por la que se ocupa de la vivienda privada se ha pasado casi de puntillas?
En la construcción residencial la arquitectura ha quedado muchas veces arrinconada. Por eso, es el momento de volver a lo especifico, a entender las necesidades singulares, a aportar nuevas soluciones, a enriquecer la vivienda privada, a, como decía el maestro Lamela, «buscar la felicidad a través de la arquitectura». ¡Y qué mayor felicidad que enriquecer la mayor inversión que realiza un ciudadano: su casa!