Javier Domínguez Rodrigo, Las Provincias.
El Parque (square) con monumento-fuente central sería reformado radicalmente en 1933: se desmantelaron los populares kioscos japoneses, se talaron todos los árboles y se derribaron ejemplares únicos de cuasintorias y corifeas, a fin de ejecutarse el proyecto de 1929 del arquitecto Javier Goerlich Lleó (1886-1972).
Hijo del cónsul del Imperio Austro-Húngaro, Goerlich fue Arquitecto Mayor del Ayuntamiento y de Construcciones Civiles del Ministerio de Educación Nacional. Académico de la Real de Bellas Artes de San Carlos y de la de Cultura Valenciana, de la que sería Director, su carrera profesional vino marcada por su destacada posición en el consistorio valenciano, desde el que impulsaría grandes reformas urbanas a partir de 1927.
De entre ellas, destaca la que el padre del neobarroco valenciano diseñó para la plaza y que consistía en una monumental plataforma triangular (de ahí el nombre de tortada) de estilo casticista y art-déco, a la que se ascendía por diversas escalinatas. Los vértices del polígono estaban resueltos con tres grandes fuentes de piedra que simbolizaban a las tres provincias valencianas.
Goerlich en su propuesta realiza una lectura de la plaza en abanico, tomando como nodo el cruce de las calles de San Vicente y de María Cristina, de modo que obtiene una simetría longitudinal de formas y volúmenes -al distribuir según el eje setos y elementos ornamentales-. El resultado es una explanada desproporcionada que alarga aún más la plaza y cuya solución debe entenderse en un momento en que las plazas de la Virgen y de la Reina son, todavía, el verdadero corazón de la ciudad. De ahí la direccionalidad hacia el Portal de Boatella de su propuesta, concebida más como Paseo (eje visual hacia la Estación) que como plaza propiamente dicha.
El tipo de plaza explanada fue, desafortunadamente, consagrado por la España provinciana del Régimen que eligió la plaza de Oriente para sus multitudinarias concentraciones patrióticas. De hecho, y aunque la plaza valenciana carece de esas connotaciones ideológicas y propagandísticas, el balcón del Ayuntamiento de Valencia no es sino la tribuna para los desfiles diseñada por los arquitectos Román Jiménez y Emilio Rieta en los años 50. En realidad, la plaza Mayor como explanada corresponde a la concepción moderna de la plaza tradicional (en Valencia sería la plaza de la Virgen), desacralizada, escenario para los rituales cívicos de la nueva sociedad laica y burguesa.
Desde la plaza de San Pedro en Roma, a la Tête Défense de París, pasando por la plaza Mayor de Alcoy -exquisitamente remodelada por Vicente Vidal, que se limita a una solución pavimentada para recomponer el escenario de las vistosas fiestas de moros y cristianos de San Jorge-, cada plaza tiene su carácter y sus peculiares valores simbólicos. Por ello, la de Valencia resulta inseparable de la liturgia ceremoniosa de las tradicionales fiestas falleras.
Pero, sin duda, lo que constituye el leit-motiv de la explanada de Goerlich es la necesidad de crear un mercado de flores subterráneo en la propia plaza (lo que justificaría la elevación de la plataforma).
Paradójicamente aquel mercado de planta circular y gusto clasicista, del que estaba tan satisfecho, le enfrentó a los floristas, horrorizados de que se hiciera bajar a sus clientes a un sótano, considerándolo ruinoso para su negocio.
Ridiculizado como el bunyoler, en las Fallas, el malestar de los floristas sería decisivo para que en 1953 el Ayuntamiento decidiera reformar totalmente la plaza de nuevo. Su muerte no pudo ser más prematura, ya que en 1944 se desmontó el Mercado de Flores y entre 1959 y 1961 la plataforma. Si bien, la mayoría de los valencianos recuerda todavía aquella popular tortada de piedra, con sus antepechos de balaustradas decoradas en motivos barrocos, sus característicos pináculos-monolito...
En 1962 se instaló una fuente luminosa, obra del ingeniero Carlos Buigues, autor de la gran fuente luminosa de la Exposición Internacional de Barcelona (1929).
Durante años estuvo también una estatua ecuestre del General Francisco Franco, obra del escultor valenciano José Capuz y réplica de la que Fructuoso Orduna realizara para el Ministerio de Educación Nacional.
Considerada un símbolo del Régimen fue trasladada, tras numerosos incidentes, al claustro del convento de Santo Domingo -Capitanía General-. La plaza viviría, como sucedió en otras muchas ciudades españolas, las fluctuaciones y vaivenes de la política de la transición que, en nuestra ciudad, se tradujo en una encarnizada lucha de símbolos.
La evolución de su toponomía, en su escaso siglo de vida -plaza de la Libertad de San Francisco..., plaza de Emilio Cautelar..., plaza del Caudillo, plaza del País Valenciano y plaza del Ayuntamiento- es un fiel reflejo de la realidad social valenciana y ayuda a comprender aquella famosa Real Orden de 1812, en que Fernando VII se permitía el lujo de nominar todas las plazas Mayores españolas como plazas de la Constitución.
Porque la plaza del Ayuntamiento de Valencia no es sólo un conjunto grandilocuente y exquisito, representación magistral de la arquitectura historicista valenciana, sino, sobre todo, seguirá siendo ese gran teatro en que la ciudad, a través de los tiempos, se reconoce siempre a sí misma.
