El proyecto de Calatrava para la Zona Cero de Nueva York desata la polémica.
Mercedes Gallego / Colpisa. La Verdad.
«Cuando en enero de 2004 Santiago Calatrava presentó su diseño para un luminoso intercambiador de cristal y acero en la Zona Cero, las autoridades lo vendieron como la versión del siglo 21 de Gran Central, una de las pocas iluminaciones en un plan de desarrollo truncado por los políticos, los mezquinos intereses y el peso de la historia. Deberíamos habérnoslo imaginado».
Así empezaba The New York Times la crítica con la que desmonta la bondad de un proyecto cuya pureza venía representada por el diseño de un pájaro que echa a volar desde las manos de un niño. Su autor, Nicolai Ouroussoff, no ha perdido fe en la belleza de un diseño que «corta el aliento», dijo en 2004 otro compañero suyo. «Debe satisfacer a todos los que creen que los edificios planeados para la Zona Cero deben aspirar a dimensión espiritual».
Tal vez los tiempos de la dimensión espiritual han pasado ahora que George W. Bush no explota cada día la tragedia del 11-S. Lo cierto es que en las mismas páginas que en las que hace cuatro años se deshacían en halagos al proyecto, ahora que se conocen los detalles de la maqueta varias veces modificada se sienten «con el corazón desgarrado», confesó Ouroussoff, un escéptico para quien ésta era la última esperanza de que algo bueno salga algo de la Zona Cero.
«Calatrava sigue siendo incapaz de superar un defecto fatal del proyecto: la chocante incongruencia entre la extravagancia de su arquitectura y los limitados propósitos a los que sirve», sentenció el crítico de arquitectura. «El resultado es un monumento al ego creativo que celebra la destreza de ingeniería de Calatrava pero poco más», aseveró. «Su contribución refuerza la posibilidad de que un día, dentro de varias décadas, cuando finalmente se complete este emplazamiento, permanezca como un testamento de nuestra incapacidad para poner los intereses personales a un lado de cara a una de las grandes tragedias de EEUU».
Lo que mata al crítico del rotativo neoyorquino no es ya el presupuesto, que se ha disparado de 2.000 a 3.200 millones de dólares. Ni los retrasos, que van por el 2013. Sino el hecho de que la estación de Calatrava tendrá 4.267 metros más que la de Gran Central y sin embargo «sólo servirá a una pequeña fracción de pasajeros», que encima tendrán que recorrer largos pasillos de galerías comerciales y bajar suntuosas escaleras para conectar con los trenes a New Jersey y las líneas de metro. «La vida es secundaria», concluye apesadumbrado.